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Una storia di vike76

CHOP SUEY

Y la historia de la lombriz cantante

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3 minuti

Pubblicato il 30 ottobre 2019 in Gastronomia

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-¿Dónde comemos?- Pregunté a mi cliente

- Hay un restaurant de comida oriental aquí a la vuelta, ¿vamos?


Cuando uno está cerrando un trato con un cliente es casi su esclavo, estamos a merced de sus deseos y sus exigencias. Ir a la comida oriental no me parecía una petición excesiva.

El lugar estaba elegantemente adornado con un buda gigante dorado al fondo de la pared principal, las mesas de mármol negro, las lámparas y los tapices le daban una atmósfera cálida y casi podría asegurar que estaba en un barrio chino, porque el mesero dienton de ojos rasgados que nos atendió y la cajera (que seguramente era la dueña del lugar) hablaban muy mal el español y su fisionomía no dejaba dudas a su origen.


-Nos trae por favor 2 chop suey para empezar y un pato a la naranja- Pidió mi cliente


¿¡"Chop Suey"!?... ¿Neta?... tenía años sin probar un chop suey. Dejé de comerlos cuando me fuí de la casa, quizá fue una del as razones para que adelantara mi partida al terminar la preparatoria y buscar cierta libertad, no había nada de malo en los sandwiches de mortadela y hotdogs 3 veces por semana. De niño miraba horrorizado el plato por largos períodos sin mover el tenedor; un par de zapes y varios gritos después intentaba comer pero la consistencia y su textura me hacían creer que eran lombrices lo que estaba probando. Podía ver incluso la carita al final del tallo, se reían de mí, en mi cara esos germinados.


No había terminado de hacer memoria cuando el mesero colocó el plato sobre la mesa. Mi cliente empezó con los palillos y terminó con el tenedor... hablaba con la boca llena... balbuceaba frases que mi atención no captaba. Yo no quitaba los ojos del plato, ahí estaban de nuevo, cientos de lombrices retorciéndose en mi plato una a una iban abriendo los ojos y sonriendo, un reflector apunto a mi plato y empezó a sonar música disco, lo que hizo que una de ellas ¡cantara!.


Mi cliente no lo notaba, seguía embebido en su plato mascullando frases sin sentido, sin voltear a verme. Yo veía las mesas de a lado, nadie parecía percatarse del espectáculo, con un tenedor intenté detenerlos pero empezaron a trepar por mi brazo, entraban por la nariz y mis oídos, comencé a ahogarme y aprovecharon para entrar los más por mi boca.


En un intento por escapar caí de espaldas al suelo, tenía el plato sobre mi traje y la cara llena de caldo, las vainas regadas sobre el suelo, finalmente el mesero intentó levantarme y mi cliente me propuso volver a la oficina para asearme.


Al caminar por la acera se detuvo por un momento, alzó la mirada al cielo, respiro y en un momento de confianza me confesó:


-¿Sabes? me fascina el chop suey, pero lo que más disfruto, por mucho, ¡es la magia de un chop suey cantante!

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